sábado, 14 de octubre de 2017

El mercader



Epifanía tenía un reino para ella sola, uno que heredó siendo muy niña. Recibido por aquel tipo de leyes sin ley que se encarga de delimitar el linaje por sangre. ¡Qué distinguida aberración lograr algo sin merecerlo! Pero hay circunstancias en el que uno nace con estrella y ésta permite el poder sin lucha ya que es del todo innecesaria. No era una reina justa, más bien una aburrida y en su bostezo habitaba un trasfondo de crueldad del cual comparecía con gran maestría.

―Epifanía, no cree que debería ser un poco más, a ver cómo decírselo mi querida ilustrísima señora, ¿benevolente?— Le dijo la criada que para su desvergüenza la había criado desde niña.

―No, no lo creo. Lo único que sé es que ellos están aquí para distraerme y si no lo logran sintiéndolo mucho haré que se esfumen.― Pero la realidad es que no sentía nada de todo lo que decía, no había más que ver el empadronamiento de la villa en la última década habían desaparecido cientos de ellos.

Margot que así se llamaba la criada gozó de una impunidad no merecida, la adquiría a base de mantener feliz a su señora, ofreciéndole todo lo que le pedía y hasta disfrutaba de las aberraciones cometidas, eso sí, a sus ojos se comportaba como una auténtica beata. 
 
―¡Oh, mi señora! ¿No podría apretar menos la soga? Creo que el aire empieza a no llegarle correctamente a los pulmones.― Comentó deleitándose con el macabro espectáculo.

―Siempre tan dispuesta a cuidar de otros. Se olvida que ellos están aquí para mi disfrute, pero tiene razón. Dejad que respire, no quiero que muera antes de tiempo.

Así fueron sucediéndose los tiempos, donde las atrocidades se sumaban a pares. Ningún reino vecino se atrevió a intervenir por miedo a futuras represalias, conocían bien de lo que era capaz Epifanía y todo aquel que estuviera bajo su mando. El temor les hizo comportarse de la forma más cobarde. 
 
 
 

Un día apareció un mercader que gritaba a unos y otros <¡Destellos cristalinos! Cómprenlos y descubrirán su belleza interior> El rumor de las maravillas que decían que tenía aquel extraño cristal llegaron a los oídos de Epifanía, por lo que ordenó que lo llevarán ante ella. 

―Mi señora…

―¡Habéis tardado muchísimo!― Le cortó― ¡Esto es una vergüenza!

―Pero si solo hace cinco minutos que salí de la sala― Contestó nerviosa la criada, empezaba a perder el poco poder que tenía en la mente de su señora.

―¡Tonterías! ¡Que no se repita! Acérquese quiero verlos.

―Mi nombre es Cristóbal, provengo de unas de las familias…

―¡He dicho que quiero verlos!

―Pero debo advertirla…

―Como vuelva a abrir la boca haré que le corten la lengua, así que muéstremelos, ¡Ya!
 
Lo que el Mercader quería revelar era el poder que poseía, ya que con solo posar los ojos éste buscaba la belleza interior, y si no la encontraba acababa convirtiéndote en una figura de cristal.

Por suerte sucedió lo esperado. Y con él, un final feliz.
 
 
Relato que presenté en la Comunidad: Escribiendo que es gerundio <Palabras obligatorias>

 

jueves, 5 de octubre de 2017

La secuencia de Marta



La primera vez que la vi lo supe. Fue un flechazo, no hubo palabras, no hicieron falta. Algo dentro de mí se despertó con una fuerza desesperada y desde ese momento, la necesité. Ella no se dio cuenta tan pronto o quizás no quiso hacerlo. Pero la verdad es que poco importaba, el hambre que yo sentía era más fuerte que la poca predisposición que ella pudiera poner. Coleccioné todo de Marta, sus gestos se convirtieron en el fetiche de nuestra relación. El que más me gustaba era su extraña forma al sonreír. Cuando algo le agradaba fruncía el labio de una manera muy peculiar, si no la conocías ese tic podía parecer otra cosa y luego llegaba aquella preciosa y amplia sonrisa. Mi sonrisa. Porque todo de ella era mío, desde entonces y para siempre. Ya había habido otras, pero ninguna igual. Lo sabía, no tenía dudas. 

Coincidíamos en la cafetería del centro comercial cercano a su casa. Marta pedía un té con leche, yo un café largo. Ella leía un libro, yo escribía en mi libreta todo lo que quería hacerle. Aquellos silencios eran agradables, en aquel momento compartir toda esa intimidad hacía que me sintiera completo, no podía pedir más. Y sabía que ella sentía lo mismo, se la veía relajada, feliz.

Al tiempo hubo pequeños cambios, la moda animalista llegó con fuerza y permitieron la entrada de mascotas, me pareció una desconsideración para los clientes habituales, pero aun así seguimos yendo cada tarde. Hasta que lo descubrí, me lo había estado ocultando y no me lo mostró hasta entonces, tenía un perro. Un perro. Soy alérgico al pelo de esos animales y ella debía haberlo sabido, yo conocía todo de nosotros, por el contrario Marta me había estado escondiendo a esa cosa. No me gustó, no podía consentir secretos entre nosotros. Todas las relaciones fracasan con la mentira y la nuestra desde ese momento dejó de ser tan idílica, me había fallado. Intenté acercarme para mostrar el desagrado que sentía, pero me ignoró, como siempre que intentaba que profundizáramos. Esa desconsideración fue la que lo desencadenó todo.

No podíamos compartir asiento en la barra, cada vez que me acercaba empezaban los picores y estornudos, entonces ella me miraba sin comprender que hacía yo allí. Ya no existían los silencios ni la intimidad, los tenía con ese animal que estaba alejándonos de nuestro maravilloso idilio. No podía permitirlo, no podía dejar que todo lo que habíamos creado terminara de esa manera, toda la culpa la tenía ese asqueroso chucho. Así que aquella tarde decidí no ir a nuestro templo, esperaba que me echara de menos tanto como yo lo hacía, con la misma desesperación. Al salir del trabajo la esperé durante horas en la puerta de su casa, allí sentado, en el primer escalón. Medité como arreglar todo lo que se había roto, apareció y nada más verme lo supe. Su cara no era placida, tenía un punto de terror en la mirada que paradójicamente en vez de molestarme, me excitó.

―Hola cariño, te estaba esperando.

―¿Cariño? Disculpe, usted… ¿Lo conozco? Un momento, sí, es, es… ¿No es el de la cafetería? ¿Qué hace aquí? Quiero decir, ¿cómo sabe dónde vivo? ¿Qué hace aquí? ¿Qué…?

Divagó y me preguntó tantas cosas a la vez, se la notaba nerviosa y eso para mis ojos la convertía en alguien más exquisito. El pánico rondaba sus facciones, el rictus de su sonrisa era frío y distante y yo necesitaba que me recibiera como merecía, quería ver el fruncido. Mi sonrisa. Empecé a alterarme y cuando eso pasa no soy la persona encantadora que tanto la deseaba, me convertía en un hombre peligroso y cruel.

―¿Así vas a recibirme? ¿Así?― Exigí humillado y despreciado.

―Pero, pero… es que no sé qué hace aquí. No lo conozco. Mire lo mejor es que se marche, por favor, váyase y le prometo que no llamaré a la policía, ¿de acuerdo?

―¡A mí no me hables así! ¿Cómo te atreves si quiera? Llevamos meses juntos, compartimos cada puta tarde.

Empecé a descontrolarme y lo notaba por como me miraba, con miedo, sí, con terror y angustia y ya no podía hacer nada, solo hacerla mía. Todo lo que había apuntado en la libreta, todo lo que había deseado hacerle, esa noche era nuestro momento, no teníamos más opciones. Debió notar el cambio, las respiraciones mudaron, la urgencia crispó en el aire allanando el cercano desenlace. Y entonces cometió la peor decisión de su vida, huir de mí. Es cuando el juego empezó, dejó de ser mi amada para convertirse en mi presa. 
 

Tres días más tarde.

― Señor Fernández, disculpe, quería comentarle que quizás la idea de traer mascotas a la cafetería no es buena idea. Desde que instauró la nueva norma muchos de los clientes fijos han ido fallando. Por ejemplo, se acuerda de aquella pareja tan extraña, la que llegaba junta pero no se dirigía la palabra en ningún momento, pues él hace cuatro días que no aparece y hoy será el tercero para ella. Señor Fernández, ¿me está escuchando?

―¡Dios mío, chico! Lee esta noticia.

<El asesino en serie apodado el Fetiche ha atacado de nuevo. A primera hora de esta mañana en la Comisaría Central han recibido una carta anónima, ésta informaba de la localización del cuerpo. Varios Agentes de la Ley se han personado en el Parque del Estanque para comprobar que la información recibida era certera. Allí efectivamente han encontrado el cuerpo sin vida de Marta Gutiérrez Barrobes, de 28 años. El modus operandi confirmaría que podría tratarse del Fetiche, siendo para este vil asesino su cuarta víctima. Las condiciones en las que han hallado el cuerpo han sido desoladoras para la familia. Los Agentes solicitan cualquier tipo de información de la que se disponga, exigen máxima colaboración ciudadana. Por ahora lo único que se conoce y así lo han confirmado familiares y amigos, es que la víctima no tenía pareja estable…>

―Es la chica, es ella… ¡La de la fotografía es ella!

―Llama a la policía, ¡debemos avisarlos! ¡Ahora mismo!  
 

jueves, 28 de septiembre de 2017

El minutero

 


Custodia del cruel abrazo. Imberbes sentimientos se descubren sosteniendo aquella mano que nunca dio alimento. Caricias superfluas, necesitadas de una estima que no recibieron. La palabra amor se engrandece entre miseria y culpa, admitiendo cada golpe recibido con vergüenza. Pero esperan, esperan, anticipándose a su desenlace. No existen mentiras, el alma sabia conoce la verdad. Acecha entre inquinas, palabras muertas, promesas delicadas. La perspectiva se contempla feroz, inhumana, solitaria.  

Y allí entre residuales, mota a mota percibe luz, cortejo esperado, minuto vencido, perdón inminente. La manecilla inicia de nuevo. No precisa de trucos, la costumbre ya es dueña. Las partes aguardan sólidas, estáticas, perpetuas, contemplando la desagradable escena. Carne desnutrida, mutismo que desboca en avaricia, ventanas cerradas, la luz ha partido. Suspiros cifrados, conversaciones malgastadas, personalidad calcinada. La huida no marca este camino, solo una mano es su historia, la vencedora de un pasado capaz de aislar la custodia del cruel abrazo.


Microrrelato que presenté en la Comunidad de Relatos Compulsivos.