sábado, 14 de octubre de 2017

El mercader



Epifanía tenía un reino para ella sola, uno que heredó siendo muy niña. Recibido por aquel tipo de leyes sin ley que se encarga de delimitar el linaje por sangre. ¡Qué distinguida aberración lograr algo sin merecerlo! Pero hay circunstancias en el que uno nace con estrella y ésta permite el poder sin lucha ya que es del todo innecesaria. No era una reina justa, más bien una aburrida y en su bostezo habitaba un trasfondo de crueldad del cual comparecía con gran maestría.

―Epifanía, no cree que debería ser un poco más, a ver cómo decírselo mi querida ilustrísima señora, ¿benevolente?— Le dijo la criada que para su desvergüenza la había criado desde niña.

―No, no lo creo. Lo único que sé es que ellos están aquí para distraerme y si no lo logran sintiéndolo mucho haré que se esfumen.― Pero la realidad es que no sentía nada de todo lo que decía, no había más que ver el empadronamiento de la villa en la última década habían desaparecido cientos de ellos.

Margot que así se llamaba la criada gozó de una impunidad no merecida, la adquiría a base de mantener feliz a su señora, ofreciéndole todo lo que le pedía y hasta disfrutaba de las aberraciones cometidas, eso sí, a sus ojos se comportaba como una auténtica beata. 
 
―¡Oh, mi señora! ¿No podría apretar menos la soga? Creo que el aire empieza a no llegarle correctamente a los pulmones.― Comentó deleitándose con el macabro espectáculo.

―Siempre tan dispuesta a cuidar de otros. Se olvida que ellos están aquí para mi disfrute, pero tiene razón. Dejad que respire, no quiero que muera antes de tiempo.

Así fueron sucediéndose los tiempos, donde las atrocidades se sumaban a pares. Ningún reino vecino se atrevió a intervenir por miedo a futuras represalias, conocían bien de lo que era capaz Epifanía y todo aquel que estuviera bajo su mando. El temor les hizo comportarse de la forma más cobarde. 
 
 
 

Un día apareció un mercader que gritaba a unos y otros <¡Destellos cristalinos! Cómprenlos y descubrirán su belleza interior> El rumor de las maravillas que decían que tenía aquel extraño cristal llegaron a los oídos de Epifanía, por lo que ordenó que lo llevarán ante ella. 

―Mi señora…

―¡Habéis tardado muchísimo!― Le cortó― ¡Esto es una vergüenza!

―Pero si solo hace cinco minutos que salí de la sala― Contestó nerviosa la criada, empezaba a perder el poco poder que tenía en la mente de su señora.

―¡Tonterías! ¡Que no se repita! Acérquese quiero verlos.

―Mi nombre es Cristóbal, provengo de unas de las familias…

―¡He dicho que quiero verlos!

―Pero debo advertirla…

―Como vuelva a abrir la boca haré que le corten la lengua, así que muéstremelos, ¡Ya!
 
Lo que el Mercader quería revelar era el poder que poseía, ya que con solo posar los ojos éste buscaba la belleza interior, y si no la encontraba acababa convirtiéndote en una figura de cristal.

Por suerte sucedió lo esperado. Y con él, un final feliz.
 
 
Relato que presenté en la Comunidad: Escribiendo que es gerundio <Palabras obligatorias>

 

jueves, 5 de octubre de 2017

La secuencia de Marta



La primera vez que la vi lo supe. Fue un flechazo, no hubo palabras, no hicieron falta. Algo dentro de mí se despertó con una fuerza desesperada y desde ese momento, la necesité. Ella no se dio cuenta tan pronto o quizás no quiso hacerlo. Pero la verdad es que poco importaba, el hambre que yo sentía era más fuerte que la poca predisposición que ella pudiera poner. Coleccioné todo de Marta, sus gestos se convirtieron en el fetiche de nuestra relación. El que más me gustaba era su extraña forma al sonreír. Cuando algo le agradaba fruncía el labio de una manera muy peculiar, si no la conocías ese tic podía parecer otra cosa y luego llegaba aquella preciosa y amplia sonrisa. Mi sonrisa. Porque todo de ella era mío, desde entonces y para siempre. Ya había habido otras, pero ninguna igual. Lo sabía, no tenía dudas. 

Coincidíamos en la cafetería del centro comercial cercano a su casa. Marta pedía un té con leche, yo un café largo. Ella leía un libro, yo escribía en mi libreta todo lo que quería hacerle. Aquellos silencios eran agradables, en aquel momento compartir toda esa intimidad hacía que me sintiera completo, no podía pedir más. Y sabía que ella sentía lo mismo, se la veía relajada, feliz.

Al tiempo hubo pequeños cambios, la moda animalista llegó con fuerza y permitieron la entrada de mascotas, me pareció una desconsideración para los clientes habituales, pero aun así seguimos yendo cada tarde. Hasta que lo descubrí, me lo había estado ocultando y no me lo mostró hasta entonces, tenía un perro. Un perro. Soy alérgico al pelo de esos animales y ella debía haberlo sabido, yo conocía todo de nosotros, por el contrario Marta me había estado escondiendo a esa cosa. No me gustó, no podía consentir secretos entre nosotros. Todas las relaciones fracasan con la mentira y la nuestra desde ese momento dejó de ser tan idílica, me había fallado. Intenté acercarme para mostrar el desagrado que sentía, pero me ignoró, como siempre que intentaba que profundizáramos. Esa desconsideración fue la que lo desencadenó todo.

No podíamos compartir asiento en la barra, cada vez que me acercaba empezaban los picores y estornudos, entonces ella me miraba sin comprender que hacía yo allí. Ya no existían los silencios ni la intimidad, los tenía con ese animal que estaba alejándonos de nuestro maravilloso idilio. No podía permitirlo, no podía dejar que todo lo que habíamos creado terminara de esa manera, toda la culpa la tenía ese asqueroso chucho. Así que aquella tarde decidí no ir a nuestro templo, esperaba que me echara de menos tanto como yo lo hacía, con la misma desesperación. Al salir del trabajo la esperé durante horas en la puerta de su casa, allí sentado, en el primer escalón. Medité como arreglar todo lo que se había roto, apareció y nada más verme lo supe. Su cara no era placida, tenía un punto de terror en la mirada que paradójicamente en vez de molestarme, me excitó.

―Hola cariño, te estaba esperando.

―¿Cariño? Disculpe, usted… ¿Lo conozco? Un momento, sí, es, es… ¿No es el de la cafetería? ¿Qué hace aquí? Quiero decir, ¿cómo sabe dónde vivo? ¿Qué hace aquí? ¿Qué…?

Divagó y me preguntó tantas cosas a la vez, se la notaba nerviosa y eso para mis ojos la convertía en alguien más exquisito. El pánico rondaba sus facciones, el rictus de su sonrisa era frío y distante y yo necesitaba que me recibiera como merecía, quería ver el fruncido. Mi sonrisa. Empecé a alterarme y cuando eso pasa no soy la persona encantadora que tanto la deseaba, me convertía en un hombre peligroso y cruel.

―¿Así vas a recibirme? ¿Así?― Exigí humillado y despreciado.

―Pero, pero… es que no sé qué hace aquí. No lo conozco. Mire lo mejor es que se marche, por favor, váyase y le prometo que no llamaré a la policía, ¿de acuerdo?

―¡A mí no me hables así! ¿Cómo te atreves si quiera? Llevamos meses juntos, compartimos cada puta tarde.

Empecé a descontrolarme y lo notaba por como me miraba, con miedo, sí, con terror y angustia y ya no podía hacer nada, solo hacerla mía. Todo lo que había apuntado en la libreta, todo lo que había deseado hacerle, esa noche era nuestro momento, no teníamos más opciones. Debió notar el cambio, las respiraciones mudaron, la urgencia crispó en el aire allanando el cercano desenlace. Y entonces cometió la peor decisión de su vida, huir de mí. Es cuando el juego empezó, dejó de ser mi amada para convertirse en mi presa. 
 

Tres días más tarde.

― Señor Fernández, disculpe, quería comentarle que quizás la idea de traer mascotas a la cafetería no es buena idea. Desde que instauró la nueva norma muchos de los clientes fijos han ido fallando. Por ejemplo, se acuerda de aquella pareja tan extraña, la que llegaba junta pero no se dirigía la palabra en ningún momento, pues él hace cuatro días que no aparece y hoy será el tercero para ella. Señor Fernández, ¿me está escuchando?

―¡Dios mío, chico! Lee esta noticia.

<El asesino en serie apodado el Fetiche ha atacado de nuevo. A primera hora de esta mañana en la Comisaría Central han recibido una carta anónima, ésta informaba de la localización del cuerpo. Varios Agentes de la Ley se han personado en el Parque del Estanque para comprobar que la información recibida era certera. Allí efectivamente han encontrado el cuerpo sin vida de Marta Gutiérrez Barrobes, de 28 años. El modus operandi confirmaría que podría tratarse del Fetiche, siendo para este vil asesino su cuarta víctima. Las condiciones en las que han hallado el cuerpo han sido desoladoras para la familia. Los Agentes solicitan cualquier tipo de información de la que se disponga, exigen máxima colaboración ciudadana. Por ahora lo único que se conoce y así lo han confirmado familiares y amigos, es que la víctima no tenía pareja estable…>

―Es la chica, es ella… ¡La de la fotografía es ella!

―Llama a la policía, ¡debemos avisarlos! ¡Ahora mismo!  
 

jueves, 28 de septiembre de 2017

El minutero

 


Custodia del cruel abrazo. Imberbes sentimientos se descubren sosteniendo aquella mano que nunca dio alimento. Caricias superfluas, necesitadas de una estima que no recibieron. La palabra amor se engrandece entre miseria y culpa, admitiendo cada golpe recibido con vergüenza. Pero esperan, esperan, anticipándose a su desenlace. No existen mentiras, el alma sabia conoce la verdad. Acecha entre inquinas, palabras muertas, promesas delicadas. La perspectiva se contempla feroz, inhumana, solitaria.  

Y allí entre residuales, mota a mota percibe luz, cortejo esperado, minuto vencido, perdón inminente. La manecilla inicia de nuevo. No precisa de trucos, la costumbre ya es dueña. Las partes aguardan sólidas, estáticas, perpetuas, contemplando la desagradable escena. Carne desnutrida, mutismo que desboca en avaricia, ventanas cerradas, la luz ha partido. Suspiros cifrados, conversaciones malgastadas, personalidad calcinada. La huida no marca este camino, solo una mano es su historia, la vencedora de un pasado capaz de aislar la custodia del cruel abrazo.


Microrrelato que presenté en la Comunidad de Relatos Compulsivos.
 

viernes, 22 de septiembre de 2017

La indiferencia del amor




Hablan, pero no se comprenden. Miran, pero ya no se ven. El tacto ha quedado relegado, lejano en esta historia, donde el final aparece fronterizo. Y es que en este momento solo les queda la nada de un pasado que pudo haber sido, pero finalmente no lograron cimentar.

 

El amor es difícil, Carmen lo sabía, no se mentía al respecto. Lo adivinaba como etapas donde la paciencia y el hábito van de la mano, pero todos aquellos peajes que se iban perdiendo hacían que el tiempo malgastara la razón. En ese momento se encontraban galopando entre perdones y promesas incumplidas, eso le provocaba resentimiento, más bien, aborrecía a la persona que dormía profundamente a su lado. Y no lograba comprender como todas las preocupaciones que tanto la perturbaban, él simplemente las dejaba pasar. Ahora, toda aquella simpleza que antes la había llenado o dado la tranquilidad que creía como correcta, se le tornaba carente, diluida, insostenible. No tuvieron hijos, fue una elección o quizás la naturaleza obró para ese fin y ellos tomaron su palabra como propia, exponiéndola a unos y a otros que así lo habían elegido. Lo que no esperaban es que aquello en vez de unirlos, terminaría por separarlos. ¿Cuánto tiempo se puede guardar una mentira? Días, meses, años, pero el silencio de la emoción no expresada siempre termina por germinar en desdicha. Y Carmen ya no podía guardar nada para ella, su mundo interior andaba enfadado, gritaba, exponía en un sin sentido la frustración. El maltrato verbal asomó con fuerza, la cruel indiferencia se mostró hiriente. Y los días precederos a esa tormenta interior se mostraron con una fría y simple nota.
 
<<Pablo, lo nuestro ha terminado. Adiós>>


Nada más, solo seis palabras. Esa nota fue la responsable de desencadenar lo que hoy es ese hombre, antes imperturbable hoy vil.  Los días que siguieron fueron un despertar para Pablo, lo primero que pensó es que Carmen volvería, no tenía donde ir, no era una mujer dada a las relaciones, así que con pocos amigos podía contar. Eso le dejó muy tranquilo, con solo rozar ese pensamiento la perdonó y se prometió que cuando regresara nunca se lo echaría en cara. Pero las semanas se sucedieron impávidas, y noviembre llamó a su puerta, en ese momento el perdón ya no estaba tan cercano, todo lo contrario, empezó a engendrar un sentimiento desconocido, que arañaba la superficie pidiendo permiso para salir. Pero aun así, siguió sereno, comprensivo, callado. Hasta el día clave, el día que se conocieron, el veinte de noviembre. Se sacudió del molesto duermevela y lo que tanto había callado salió con desmesura, mudando en rencor. ¡Lo habían abandonado! A él, que le dio su vida, que le permitió manejarla a su antojo, él, que había renunciado a las elecciones, para cederle el único mando. Carmen era la culpable. Le había hecho perder todo lo que pudo ser y no fue. Y la buscó, fue entonces cuando la buscó, cogió el teléfono, marcó los números y para su desventura le respondió.  

—¿Carmen? ¿Carmen? ¿Estás ahí?

—Si, ¿qué quieres?

—No estás en casa, ¡no estás en casa!

—Pablo, hace dos meses que me fui. Por favor, no me digas que ahora te has dado cuenta.

—Tienes que volver.

—No.

—¿Cómo que no? Tienes que volver, todo esto no tiene sentido.

—Sé que para ti nada tiene sentido, pero no puedo volver. Es tarde para nosotros. Nunca fuimos felices.

—Pero yo te necesito, ¡y tú también! Llevamos quince años juntos, ¡joder! ¿Cómo cojones puedes decir que nunca fuimos felices?

—Porque es así, nos conformamos con compartir la vida pero olvidamos que también teníamos que respirar.

—Deja de decir tonterías y dime donde estás que voy a buscarte. ¡Dímelo!

—Sé feliz, Pablo. 

Y colgó. Por más que llamó y llamó, nunca más atendió a su llamada. Al tiempo, el número simplemente dejó de existir. Y del rencor pasó a un ferviente odio, culparla de su miseria era más fácil que afrontar la realidad de su vida. Ya no había lógica, no confiaba en los demás, nada se sostenía, todo se había vuelto extraño. La bebida fue la solución escogida, el camino fácil se dijo, la compañera que creyó que nunca le mentiría.


Carmen muy al contrario empezó a buscar parte de la vida que había perdido, para reencontrarse con su pasado y averiguar quien era ella en este presente. No lo tuvo fácil, pero no se rindió. Sentía que todos aquellos baches le daban más fuerza, era todo un reto salir de la zona de confort y luchar por uno mismo. El tiempo fue el encargado de que ella acariciara aquello que llaman felicidad, sintiendo que ahora formaba parte de algo. Que su mundo antes silencioso se volvía sólido, tangible, real. 
 

 


Los meses dejaron paso a los años, y aquel hombre que un día despertó sumergido en oscuridad, se encontró frente al espejo del baño observando su dejadez. Ya no había excusas, era él, su imagen y en lo que se había convertido. Y lloró, pero no se justificó por ello, ni tampoco buscó culpables, solo lloró. Sus mentiras quedaron relegadas y comprendió que la vida desde el principio era suya y no de otros. Apartó el caos a manotazos, lavándose la cara con furia, arañándose la piel, buscándose muy adentro y lo consiguió, se vio. La emoción le hizo despertar pero esta vez de verdad, el primer día de Pablo fue subir ese pequeño peldaño que lo alejaría de la desidia. Porque observándose encontró a su propia verdad, sin culpables, sin excusas, solo a él.


Relato presentado en el: , concurso literario mensual.
 

martes, 12 de septiembre de 2017

La frase

 
Sitúa a los demás en tu lista de prioridades y lograrás el final deseado.

 
Antonio se repetía aquella frase cada día, como una oración. La leyó un día que acompañó a su madre a la consulta del médico, esta vez para a una simple revisión de rodilla. Y desde entonces, la creyó certera, tenía que ser así, no podía ser de otra manera. Con cuarenta y dos años, seguía viviendo con una madre aquejada de cualquier mal que la hiciera ser el centro de atención, e ir a todas las consultas médicas existentes. Él como hijo único y buen hombre, antes niño, había decidido dedicar su vida en exclusiva a esa madre quejumbrosa y doliente, que estaba arrastrándolo al ahogo a pasos agigantados. ¿Y por qué tanto valor a esa frase? La razón es que en ese momento de su vida, no podía más. A penas la miraba con el respeto que una vez le tuvo, solo rezaba, eso sí, en secreto, que por fin uno de todos aquellos médicos le dijera que su mal no tenía solución, y que fuera la guadaña, los ángeles o quién estuviera dispuesto a velar por todas aquellas necesidades egoístas, el que cuidara de ella, porque él, ya no podía más, ya no.

Ahora repitiendo aquella frase lo veía claro, era una patraña, una mierda. ¿La razón? Diremos que durante un tiempo Antonio había puesto el corazón y el alma, y a cambio había recibido dolor y desprecio. Nunca más volvería a cometer el mismo error. Con una madre ya tenía más que suficiente para añadirle ahora a una Mariana. Porque él podía comprender que su compañera de trabajo no se hubiera dado cuenta de sus sentimientos, ni tampoco de las intenciones, y eso que para dicha causa le había estado enviando varios mensajes silenciosos. Como recibirla cada mañana con un café a su gusto, extra dulce con un toque de canela y mucha nata. ¡Ojalá, se le cariara esa preciosa sonrisa! Ni que reparara, ni le agradecería todas las tardes que se quedaba más horas para terminar el trabajo que ella durante la jornada no terminaba. Mientras, la susodicha, se podía dedicar a sus quehaceres, como ir al gimnasio, de compras o citas que en principio era con amigas. Pero la ingenuidad se fue perdiendo y al final comprendió que Mariana sabía perfectamente lo que estaba pasando, y necesitaba de un tonto para aprovecharse. Y claro, Antonio era ese tontorrón que no conocía de la vida más allá de médicos, madres y trabajo remunerado. Todo lo demás era una incógnita para su realidad. Y siendo francos, tampoco es que un día bajara un halo de luz y le mostrara el camino diciéndole: —Mariana, no es para ti.— No, la realidad es que una tarde terminó el trabajo antes de tiempo y pensó, que después de tantos meses velando por sus necesidades, bien podrían tomar algo juntos, se lo había ganado, o eso caviló. Y recordaba, bueno, conocía su agenda al completo, y los miércoles era el día que quedaba con las amigas en la Cafetería Lama, pero resultó que las amigas se convirtieron en un simple individuo con barba, gafas de bohemio, y un traje caro.
En ese momento después de años opresivos con una madre enferma y una compañera de trabajo, que pudo ser la segunda mujer más importante de su vida, obró en él un cambio radical. Y no es que de repente atrajera todas las miradas, eso no, claro. Simplemente dejó de hacer lo que los demás le exigían para hacer lo que él necesitaba.
Lo primero fue dejar el trabajo, llevaba en aquella empresa desde los veintidós años, nada más salir de la facultad enganchó con las prácticas y allí se quedó, nunca se preguntó si le gustaba o le llenaba lo que hacía, era trabajo, era dinero, era seguridad. Mariana no se lo tomó muy bien, rememorando la escena anterior ‘luz cegadora’, diremos que cuando la encontró con las manos entrelazadas del bohemio chic, en ningún momento se disculpó ni intentó disimular, pero en ese momento sí que le pudo la emoción de verse abandonada por el compañero de vida, perdón, empresarial. ¿Quién le haría ahora el trabajo? ¿Quién? Antonio fue claro, tú.

Y así con una tarea menos de su limitada lista, se fue para casa y descubrió algo que no esperaba, pero que le dio el necesario y apremiante último empujón, al fin y al cabo las costumbres hacen del hombre necesidades. Y allí estaba su madre, aquejada de la rodilla, cadera, brazo y todo tipo de hueso, articulación o músculo inexistente, subida a un taburete, ¡de puntillas! buscando en el armario más elevado un paquete de galletas. Decir que también tenía azúcar a su haber.

—¡Está loca! ¿Puede saber que está haciendo? ¡Por favor, madre, podría caer!

—¡Oh, que susto! Bueno, yo… quería una galleta, te olvidaste de ponérmela en la mesita esta mañana, ya sabes, que una no me hace daño.

—Pero si esta mañana no podía ni pestañear, ¿Cómo puede ahora comportarse como una experta equilibrista?

—Yo, yo… me encuentro mejor, ¡he mejorado! Sí, eso es, estoy perfectamente. Ahora hijo bájame, del esfuerzo creo que me estoy mareando. ¡Sí! me mareo, estoy cada vez peor, creo que es el azúcar, no debe ser la tensión, no será la musculatura del brazo derecho, que al estirarlo habrá enviado una señal negativa a mi cerebro y ahora, cógeme hijo, cógeme.

Pero Antonio no se movió, ni habló, solo procesó cada mentira, cada día, mes, año perdido entre invenciones y tretas. Y allí estaba ella, en el taburete, pálida por primera vez en su vida, y la vio, pero esta vez de verdad, frágil, pequeña, y sintió lástima. Porque comprendió que para ella, todas aquellas argucias eran la única manera que creía que serían capaces de retenerlo a su lado. Y en cierta manera odió al padre que los abandonó, porque le incrustó el miedo a la soledad de la peor manera existente, y se prometió, que este nuevo Antonio como el anterior, no la iba abandonar, por mucho que ahora quisiera tirarla por la ventana.

—Vamos madre la llevaré a la habitación para que descanse.

—Gracias hijo, no te irás, ¿verdad? No volveré a subir a ese taburete te lo prometo, todo volverá a ser como antes.

No madre, no me iré. Pero todo ha cambiado, más tarde hablaremos.

Así fue como Antonio empezó a manejar sus tiempos, a pasos pequeños, después de todo ese niño de cuarenta y dos años todavía seguía presente, es difícil cambiar los hábitos. Abrió una pequeña tienda de coleccionables, resultó que todos aquellos años había adquirido un gran número de utilitarios que el tiempo se encargó de valorizar al alza. Y la madre por primera vez, respiró, y los males que tanto la habían aquejado fueron desapareciendo poco a poco, un milagro habría obrado con menos fuerza.

 
Ya no recordaba aquella frase tan a menudo, pero sí era más feliz, es difícil medir la amplitud de esa palabra, se sentía seguro, tranquilo y comprendió que el amor no necesita de compañía con la verdad se basta. Pero como todo el mundo le gusta leer un final notable, diremos que contrataron a una asistenta que resultó una enamorada de las bellas personas, y qué decir, que Antonio era una bellísima persona.
Así pues, ¿cuándo llega el momento de cada uno? Será cuando uno menos se lo espera, o puede que sea cuando elimine lo que mal le hace. Lo que sí es seguro, es que si se hace con amor, se es feliz desde la primera toma.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Un regreso con lectura



Hoy voy a ser crítica y no con el entorno, el pobrecillo no me ha hecho nada de nada, sino conmigo misma. Hay una cosa que no se me da nada bien, y es controlar el tiempo, siempre me quejo de lo mismo pero no hay manera de que se porte como es debido y me permita hacer todo aquello que quiero o necesito, así que finalmente parte del mes agosto me tomé un respiro, para mí. Desde el principio eso sí, le dejé un mensaje bien claro: Mira chico, estas semanas son mías así que lo mejor que puedes hacer es desaparecer y dejarme disfrutar un poco. 

Y me tomó en cuenta, vaya que lo hizo.  

Así que ahora me encuentro de vuelta, rutina, trabajo, estudio, la vida… 
Y la depresión postvacacional está haciendo de las suyas, porque la ubicación está perdida entre obligaciones y deseo. 

Pero siguiendo, ¿qué he hecho estas semanas? Sobre todo leer, (vale y vaguear, ¡mucho!) y como todavía me siento entumecida y creo que mi imaginación anda inexistente y sobrepasada entre silencios, haré un pequeño resumen de las lecturas y podréis comprobar que muchas de ellas son recomendaciones de compañeros.

Por orden de lectura:

Kant y el vestido rojo de Lamia Berrada-Berca


 
 
Es una recomendación de Ziortza Moya Milo, https://zmoyamilo.blogspot.com.es/2017/06/libro-kant-y-el-vestido-rojo.html casi, casi, lo deseché pero fui a la librería y apareció. Eso sin ninguna duda fue una llamada, porque lo sé, estaba allí esperándome. Suerte la mía que lo cogí. Es liberador.
 
 
Poesía entre Altibajos de Flora Rodríguez
 


Este libro es de nuestra querida amiga y compañera Flora Rodríguez, https://elmundoentrealtibajos.wordpress.com/libros/, las palabras se expanden con la emoción de verse cobijazas entre ellas. Flora sabe hacerlo, toca el alma entre versos. No digo más, bueno sí, ¿todavía no lo tienes?
 
 
Perdón de Ida Hegazi Høyer
 

Yo por desgracia no tengo la suerte de saber realizar reseñas dignas para ser leídas, ni apreciadas. Pero este libro dentro de su contexto y la dureza que contiene, deja un halo de comprensión. Muy recomendado, palabra.
 
Tarde, mal y nunca de Carlos Zanón
 

No suelo leer novela negra, sobre todo por la crudeza que destila y en mi perspectiva juiciosa ver ese lado virulento de la sociedad, hace que me contenga (y muchas veces aparte) porque no hay manera que logre comprender sus razones. Pero una vez lo cogí no lo solté.
Sobran las palabras.
 
Orgullo y prejuicio de Jane Austen
 
 
Necesitaba con urgencia una dosis de romanticismo eso sí del bueno, aunque ya lo había leído en otras ocasiones, no pude resistirme de nuevo y a parte tenía doble aliciente ya que compré el de la imagen (la tapa es preciosa), y bueno falta decir que Marigem Saldelapuro, nos induce a ello solo hay que leer su blog y lo descubriréis, ;)
 
¿Y ahora qué pasa, ya no lees?  
 
Pues sí, me encuentro inmersa en lectura de La vida invisible de Eurídice Guimäo de Martha Batalha, la responsable es Kirke Libris y su reseña http://buscapina7.blogspot.com.es/2017/06/la-vida-invisible-de-euridice-guimao.html.
 
 
 
A parte tengo otros adquiridos y regalados (¡Gracias!) que están pendientes. Como veréis intento alternar géneros, así siempre estoy abierta a más. Porque las palabras no limitan, expanden.  
 
¿Y vuestras vacaciones cómo han ido? 
 
Yo ahora me voy a pelear con las musas, ¡será posible!
Nunca, nunca, estamos contentos, ;)
 

miércoles, 2 de agosto de 2017

La canción





Otra vez, aquí. Merodeadores.
Acechando con un sigilo impredecible, creen que no sé que me observan, que no los presiento, cercanos, contradictorios, crueles. Repitiendo esa maléfica canción, la que me había hecho creer que tenía el derecho a olvidarlos, que al fin podía permitir no tenerlos tan presentes. Pero no, me lo hacen saber. El tiempo ni perdona, ni olvida. Me reconocen, siempre me reconocen y regresan a mí, sin perdón, sin excusas, sin palabras.
Es entonces cuando el silencio grita y su peor momento aguarda en la noche. No descanso, los viejos trucos ya no sirven, hace tiempo que dejaron de funcionar, lamparilla, televisor, voz baja, no, ellos están ahí. Espectadores entre las sombras, curiosos en la desgracia que andan paleando. Susurran, rechinan, no tengo derecho a olvidar y yo me rindo, les cedo este pulso que creí haber ganado.
Es entonces ante la agonía que me destruye que remuevo, dando un giro a esta miseria en la que estoy envuelta, ¡Detente!, ¡Detente! Es imposible, no quieren.
Lo permito, cojo el camino fácil y ganan, de nuevo me someto ante ellos. Y las veo entre la oscuridad, las diviso a ellas, a sus sonrisas tétricas cargadas de carcoma pestilente. Porque lo saben, tienen el poder, siempre lo tendrán. Soy parte de esa esencia manchada, sospechas que nunca desaparecerán.
Y no busco el perdón de otros, es el mío el que ruego. La salvación del alma perdida es la que purga entre todo este desconcierto.
Deseché el amor, no lo defendí, y hoy esa pena anhelante del pasado me consume. Sus caras son bocetos inanimados que el tiempo se empeña en desdibujar, sus voces un timbre extinguido del que solo aguardo un grito. El de mi destrucción.
—¡No te marches, mamá! ¡Por favor!
El egoísmo fue más fuerte y ahora en la soledad, pago esa pena. No existe clemencia para esta causa, ni excusa, ni lamento. Porque hoy lo sé, los pasos recorridos no pueden mirar hacia atrás. 
 
 

miércoles, 5 de julio de 2017

Sonrisa

Hace tiempo que no escribo ninguna reflexión, o mejor dicho abstracción personal. Aviso que estás cuatro letras que acompañarán a esta entrada, siempre, siempre, serán bajo mi manto e ignorancia, pero es que hoy me apetece muchísimo hablar sobre algo muy importante: la sonrisa. Eso que es tan necesario pero muchas veces olvidamos, por las circunstancias o simplemente porque no nos acompaña.  

Os tengo que confesar que hay dos cosas que genéticamente custodian a mi familia, el pedir perdón por todo, (casi de forma mecánica y extraña) y reír. Sino fuera blanca como una hoja de papel, (mis amigas dicen que deslumbro al sol), podría creer que tengo descendía directa con el mundo asiático. Y es que mis reacciones desprovistas de cualquier maldad (¡palabra!) me llevan siempre a buscar el lado bueno y reír, aunque el momento no acompañe. Bueno, y que mi humor como diría mi madre (que a ella le perdono todo), es muy cínico, ;)

Este año me salté la entrada de celebración del blog, nada menos, que dos años desde su nacimiento. En aquellos momentos estaba apartadita de la blogosfera, (¡poca vergüenza, la mía!) Así que aunque tarde, en cierta manera os quiero agradecer que gran parte de mis sonrisas son vuestras, ¡Gracias! Existen escritos que se quedan un tiempo de más con uno, como una medida cautelar, es un lapso de tiempo necesario para el proceso de comprensión de cada palabra, emoción y necesidad, de todo aquello que precisa la expresión. Y cuando al fin localizas ese punto que andaba entre motas, te descubres en su hallazgo sonriendo, completa. La escritura para mí, siempre lo diré, es una salvadora y tiene un don mágico, genera felicidad perenne. Así que como aficionada de la nada y del todo, necesito zambullirme constantemente hacia esa ilusión e intento por todos los medios acompañarlo a la vida. 

¿Cuándo las obligaciones nos han dejado tan cegados? Dándole el poder para que los miedos sean los encargados de llevar las riendas. Y lo peor, ¿por qué se lo permitimos? 

El ambiente general está sobrecargado y enfadado, yo, como sujeto práctico no logro comprender la razón que nos lleva a estar constantemente enfuruñados, lo encuentro vacío e innecesario. Claro, lo sé, existen momentos que son difíciles de sostener, que encuentras esa locura lo suficiente justificada para decir basta, para cerrar y bloquear, pero… y si buscamos un poquito de luz en este mundo irracional, y una vez localizada aprovechamos para coger su mano. ¿No sería más fácil para nuestro aliento? 

Tengo 32 años, y sé, que mi mirada muchas veces es infantil, pero válgame señor que no quiero oscurecerla, no quiero perder a esa niña que habita tan adentro, es ella la encargada de que vea belleza en tanta indiferencia. Y no diré que hubo varios momentos de mi existencia que me acogí como un hábito al ahogo y no permití ver esperanza en el camino, claro que no, pero si lo arrinconas, si lo dejas ir, lo logras. Os lo aseguro.  

Porque si existe algo que me enamore, y es que el amor es muy amplio, son esas personas que bajo todo su dolor se descubren sonriendo, eso es valor, y yo sin ninguna duda, quiero formar parte de este grupo.  

Busquemos un motivo para apartar a la tristeza, esa fiel y solitaria compañera, y seamos un poquito más felices.

 


Para finalizar porque ya me estoy pasando, lo sé, os vuelvo agradecer vuestro cariño y os doy las gracias, pero ¡muchas, muchas gracias! En la magnitud de la palabra sois alas, emoción que cada día se renueva convirtiéndose en historia, logrando que el conocimiento se transforme en un precioso aprendizaje. ¿Quién osaría no ser feliz con tanto aliento?

¡Felices vacaciones! :)